/ sábado 22 de febrero de 2020

Miguel Miramón, el niño héroe olvidado

Miguel Miramón fue uno de los cadetes que se encontraba el 13 de septiembre de 1843 en el Castillo de Chapultepec durante el ataque estadounidense a México. Luchó lado a lado con los seis niños héroes. Sin embargo, la historia, a Miguel Miramón lo ha maltratado o, simplemente, lo ha omitido en las ceremonias tradicionales.

Miguel Miramón formó parte del grupo de jóvenes y, estuvo a punto de perder también la vida. Estando herido, defendió el Castillo centímetro a centímetro. Herido del rostro, se enfrentó a los norteamericanos; un soldado estadounidense lo hirió una vez más con su bayoneta, sin embargo, la intervención de otro militar enemigo le salvó la vida; “es un niño -dijo el militar- es un cadete muy bravo, pero es un niño”.

La batalla se perdió junto con la vida de sus compañeros. Pero, Miguel Miramón, tuvo un destino muy distinto al de los Niños Héroes. Su vida continuó y a los 24 años de edad ya era General y, fue el presidente más joven de México, contaba tan solo con 26 años. Luego, contrario a las Reformas, durante esa guerra, se exilió a Europa, regresó al país y colaboró al lado del emperador Maximiliano.

A la derrota del imperio, Miramón fue fusilado por orden de Benito Juárez en el Cerro de las Campanas el 19 de junio de 1867. Lo acusaron de traición a la patria. Las familias de los fusilados recibieron los cuerpos a las pocas horas de la muerte. La viuda de Miramón, Concepción Lombardo, regresaba de San Luis Potosí (a donde había viajado con el fin de tratar de convencer a Juárez de suspender el fusilamiento), cuando le entregaron el cadáver de su esposo. Sus restos fueron trasladados a la capital del país donde se le dio sepultura en el Panteón de San Fernando.

Existe una tumba en ese cementerio, pero el cuerpo no se encuentra depositado ahí. La historia es corta. Exiliada en Europa con el apoyo de la familia Habsburgo, Concha Lombardo viajó a México en 1872, al enterarse que Benito Juárez había fallecido y lo habían enterrado a tan solo unos pasos de la tumba de su esposo. Indignada, la viuda ordenó la inhumación de los restos de Miramón, pues no permitió dejarlos cerca del hombre que lo había mandado fusilar: Benito Juárez. Los restos mortales de Miguel Miramón fueron entonces trasladados a la catedral de Puebla, donde actualmente permanecen.

También se aprovechó dicho traslado para que su viuda entregara y sepultara el corazón de su marido, que durante años llevaba consigo en una caja. A partir de entonces, el corazón de Miguel Miramón está depositado en la misma tumba. Miguel Miramón también fue un niño héroe, pero sus convicciones lo llevaron por los contextos históricos a oponerse a Benito Juárez, y se convirtió en un enemigo a vencer. Murió al lado de Maximiliano de Habsburgo, sin pedir, en ningún momento clemencia o perdón por su vida. Un hombre que murió a causa de sus ideales y que los mismos lo colocaron del lado contrario de la historia. Miramón fue un niño héroe que inició su vida pública en el Castillo de Chapultepec y que culminó en el Cerro de las Campanas.

Miguel Miramón fue uno de los cadetes que se encontraba el 13 de septiembre de 1843 en el Castillo de Chapultepec durante el ataque estadounidense a México. Luchó lado a lado con los seis niños héroes. Sin embargo, la historia, a Miguel Miramón lo ha maltratado o, simplemente, lo ha omitido en las ceremonias tradicionales.

Miguel Miramón formó parte del grupo de jóvenes y, estuvo a punto de perder también la vida. Estando herido, defendió el Castillo centímetro a centímetro. Herido del rostro, se enfrentó a los norteamericanos; un soldado estadounidense lo hirió una vez más con su bayoneta, sin embargo, la intervención de otro militar enemigo le salvó la vida; “es un niño -dijo el militar- es un cadete muy bravo, pero es un niño”.

La batalla se perdió junto con la vida de sus compañeros. Pero, Miguel Miramón, tuvo un destino muy distinto al de los Niños Héroes. Su vida continuó y a los 24 años de edad ya era General y, fue el presidente más joven de México, contaba tan solo con 26 años. Luego, contrario a las Reformas, durante esa guerra, se exilió a Europa, regresó al país y colaboró al lado del emperador Maximiliano.

A la derrota del imperio, Miramón fue fusilado por orden de Benito Juárez en el Cerro de las Campanas el 19 de junio de 1867. Lo acusaron de traición a la patria. Las familias de los fusilados recibieron los cuerpos a las pocas horas de la muerte. La viuda de Miramón, Concepción Lombardo, regresaba de San Luis Potosí (a donde había viajado con el fin de tratar de convencer a Juárez de suspender el fusilamiento), cuando le entregaron el cadáver de su esposo. Sus restos fueron trasladados a la capital del país donde se le dio sepultura en el Panteón de San Fernando.

Existe una tumba en ese cementerio, pero el cuerpo no se encuentra depositado ahí. La historia es corta. Exiliada en Europa con el apoyo de la familia Habsburgo, Concha Lombardo viajó a México en 1872, al enterarse que Benito Juárez había fallecido y lo habían enterrado a tan solo unos pasos de la tumba de su esposo. Indignada, la viuda ordenó la inhumación de los restos de Miramón, pues no permitió dejarlos cerca del hombre que lo había mandado fusilar: Benito Juárez. Los restos mortales de Miguel Miramón fueron entonces trasladados a la catedral de Puebla, donde actualmente permanecen.

También se aprovechó dicho traslado para que su viuda entregara y sepultara el corazón de su marido, que durante años llevaba consigo en una caja. A partir de entonces, el corazón de Miguel Miramón está depositado en la misma tumba. Miguel Miramón también fue un niño héroe, pero sus convicciones lo llevaron por los contextos históricos a oponerse a Benito Juárez, y se convirtió en un enemigo a vencer. Murió al lado de Maximiliano de Habsburgo, sin pedir, en ningún momento clemencia o perdón por su vida. Un hombre que murió a causa de sus ideales y que los mismos lo colocaron del lado contrario de la historia. Miramón fue un niño héroe que inició su vida pública en el Castillo de Chapultepec y que culminó en el Cerro de las Campanas.

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