/ viernes 31 de enero de 2020

La generala Antonia Nava de Catalán

El campo de batalla era el infierno en la tierra.

Los ayes de dolor inundaban el ambiente. Los gritos confundían a los independentistas.

Cadáveres, hombres heridos, olor a pólvora, zanjas abiertas con restos de carromatos, armas tiradas y un ambiente de derrota total se sentía en lo que quedaba de la avanzada insurgente.

Lo peor era que los guerreros tenían hambre, sed y, no había alimentos.

La desesperanza era total.

Sitiados y casi moribundos en Jaleaca, sierra de Tlacotepec, Guerrero, los insurgentes comandados por Nicolás Bravo, escucharon una orden que no esperaron recibir jamás.

Bravo había decidió sacrificar a algunos soldados y luego alimentarse con sus cuerpos.

Ejecutar la orden recayó en Nicolás Catalán, lugarteniente del general Bravo y esposo de Antonia Nava, la Generala. Al conocer la decisión, ésta y Catalina González dieron un paso adelante para ser las primeras en ser sacrificadas por el bien de la causa.

Su voz retumbó en el centro del sitio.

Antonia Nava de Catalán se plantó ante el líder y mirando a los presentes dijo:

“Señores, los soldados necesitan pelear por la defensa de la patria. Cada uno que sucumba será un distinguido insurgente que la independencia pierde”.

Este acto vibrante de audacia llenó de nuevos bríos a las filas insurgentes derrotadas en Jaleaca, y por el empuje de esa voz y actitud, se lanzaron al ataque contra las fuerzas realistas.

En el combate murió Nicolás Catalán. Su esposa, doña Antonia Nava, fue llevada ante la presencia del general José María Morelos, quién le daría el pésame.

Y cuando el caudillo intentó consolarla, Antonia Nava, la Generala dirigió estas palabras: “No vengo a llorar, no vengo a lamentar la muerte de Nicolás mi esposo: él cumplió con su deber. Por el contrario, vengo a traer a mis cuatro hijos: tres de ellos están en edad y pueden ser soldados y el más pequeño tambor…” Morelos quedó asombrado; ¡Nunca había visto un gesto de tan gran vigor ni en el más aguerrido de sus soldados.…!

A esos límites llegó Antonia Nava por el amor a la causa independentista, a la necesidad que sentía de que México fuese un nación libre y soberana.

Se presume que Antonia nació en 1780 en el estado de Guerrero y murió en 1822, ignorándose el lugar.

Su nombre está en el Muro de Honor de la Cámara de Diputados, es el primero de izquierda a derecha al lado de los de Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario y Mariana Rodríguez del Toro Lazarín.

Mujeres que ofrendaron más que su vida y pertenencias por un México libre.

El campo de batalla era el infierno en la tierra.

Los ayes de dolor inundaban el ambiente. Los gritos confundían a los independentistas.

Cadáveres, hombres heridos, olor a pólvora, zanjas abiertas con restos de carromatos, armas tiradas y un ambiente de derrota total se sentía en lo que quedaba de la avanzada insurgente.

Lo peor era que los guerreros tenían hambre, sed y, no había alimentos.

La desesperanza era total.

Sitiados y casi moribundos en Jaleaca, sierra de Tlacotepec, Guerrero, los insurgentes comandados por Nicolás Bravo, escucharon una orden que no esperaron recibir jamás.

Bravo había decidió sacrificar a algunos soldados y luego alimentarse con sus cuerpos.

Ejecutar la orden recayó en Nicolás Catalán, lugarteniente del general Bravo y esposo de Antonia Nava, la Generala. Al conocer la decisión, ésta y Catalina González dieron un paso adelante para ser las primeras en ser sacrificadas por el bien de la causa.

Su voz retumbó en el centro del sitio.

Antonia Nava de Catalán se plantó ante el líder y mirando a los presentes dijo:

“Señores, los soldados necesitan pelear por la defensa de la patria. Cada uno que sucumba será un distinguido insurgente que la independencia pierde”.

Este acto vibrante de audacia llenó de nuevos bríos a las filas insurgentes derrotadas en Jaleaca, y por el empuje de esa voz y actitud, se lanzaron al ataque contra las fuerzas realistas.

En el combate murió Nicolás Catalán. Su esposa, doña Antonia Nava, fue llevada ante la presencia del general José María Morelos, quién le daría el pésame.

Y cuando el caudillo intentó consolarla, Antonia Nava, la Generala dirigió estas palabras: “No vengo a llorar, no vengo a lamentar la muerte de Nicolás mi esposo: él cumplió con su deber. Por el contrario, vengo a traer a mis cuatro hijos: tres de ellos están en edad y pueden ser soldados y el más pequeño tambor…” Morelos quedó asombrado; ¡Nunca había visto un gesto de tan gran vigor ni en el más aguerrido de sus soldados.…!

A esos límites llegó Antonia Nava por el amor a la causa independentista, a la necesidad que sentía de que México fuese un nación libre y soberana.

Se presume que Antonia nació en 1780 en el estado de Guerrero y murió en 1822, ignorándose el lugar.

Su nombre está en el Muro de Honor de la Cámara de Diputados, es el primero de izquierda a derecha al lado de los de Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario y Mariana Rodríguez del Toro Lazarín.

Mujeres que ofrendaron más que su vida y pertenencias por un México libre.

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