/ lunes 27 de mayo de 2024

Los “Tres Juanes” de Tulancingo: su legado en el catolicismo local 

San Juan Bautista tiene más que claro que es el santo patrono de Tulancingo. Tan es así, que puso en esta tierra a dos fieles sacerdotes que incluso llevaban su mismo nombre

Es la vasta historia del catolicismo en Tulancingo, un compendio de momentos y hechos que comenzaron aproximadamente en 1528, cuando llegaron los primeros evangelizadores a estas tierras. Tras casi cinco siglos, existen diversos acontecimientos y datos dignos de reconocimiento dada su particularidad.

Uno de ellos involucra a una figura religiosa, a un obispo y a un párroco. Para contar esta historia es obligatorio señalar que aunque no muchas personas lo saben, el santo patrono de Tulancingo es San Juan Bautista, una de los personajes bíblicos más importantes porque, además de ser el primo del Mesías, también fue quien se encargó de darle bautismo judío en las aguas del río Jordán.

Su fiesta patronal es cada 24 de junio, fecha en la que otrora se celebraba la feria en esta ciudad. Además, hay diversas creencias en torno a esta fecha: según la vox populi, este día se abren unos portales energéticos bastante útiles para hacer peticiones especiales. En regiones cercanas, como en Acaxochitlán, aún se acostumbra la tradicional “sanjuaneada”, que consiste en meterse a un río o lago para “fortalecer el cuerpo ante enfermedades”, según marca la costumbre en esa región.

Durante la Colonia, Tulancingo se conoció con el nombre de San Juan Bautista Tollantzinco, ya que así le llamó Fray Juan de Padilla, uno de los primeros franciscanos que evangelizaron la entonces Nueva España y quien por cierto fundó formalmente este pueblo en 1528.

Pasaron los años y nos trasladamos hasta 1862. Aunque Tulancingo ya llevaba poco más de tres siglos siendo uno de los asentamientos más importantes para la evangelización y la profesión del catolicismo aún después de la Guerra de Independencia, no fue hasta dicho año que el Vaticano ordenó la creación de la Diócesis de Tulancingo.

Según se lee en un documento que puede consultarse en el Museo de Datos Históricos, fue un 26 de enero de 1862 cuando el Papa Pio IX decretó en la bula “In Universa Gregis”, la creación de esta demarcación eclesiástica, asignando como primer obispo al sacerdote Juan Bautista Ormaechea y Ernaíz.

El obispo Juan fue responsable, entre otras cosas, de la institución del Seminario Mayor, plantel católico que inició labores en 1865 tras un decreto del clérigo, quien lo sostuvo con políticos de la época. En dicho documento se estipuló que el Seminario sería la "casa formadora" para futuros sacerdotes y creación de cátedras, entre otras funciones.

Otra de sus grandes aportaciones tiene que ver con una imagen que es probablemente la más querida del Valle de Tulancingo: la Virgen de los Angelitos. Durante el siglo XVIII, un artesano de origen hñahñu llamado el "Tata" Coronado, quien llegó procedente de Actopan huyendo de una peste, llegó a vivir en las faldas del Cerro del Tezontle y en su cuarto comenzó a pintar sobre la pared la imagen de una Virgen rodeada de Ángeles.

Esta imagen generó una enorme devoción entre los tulancinguenses, ya que le atribuían milagros de salud. La humilde vivienda que era su primer hogar, pronto fue insuficiente para recibir a los feligreses. A principios del siglo XIX se construyó una pequeña capilla, pero era tanta la popularidad y arraigo que la Virgen tenía sobre todo en la población indígena, que don Juan Bautista Ormaechea solicitó que fuera la Patrona Diocesana.

Un tres de mayo de 1878, él mismo colocó la primera piedra del Templo que actualmente conocemos. Desde entonces, la Virgen de los Angelitos es la patrona de la Arquidiócesis de Tulancingo.

El último de los “Juanes” que impactó en la historia del catolicismo tulancinguense es de nuestra era. Se llama Juan Valentín Bautista Salinas y es el párroco de la Catedral Metropolitana de Tulancingo, recinto sede de la Arquidiócesis. Desde hace 49 años, el padre Juan dedica su vida al sacerdocio, de hecho, él refiere que desde niño sintió lo que se conoce como “el llamado”.

A los 15 años de edad, ingresó al Seminario Menor de Tulancingo y entonces reconoció que esa era la senda que quería seguir para siempre.

“Si yo he sentido el deseo de seguir este camino porque siento que Dios me llama, pues tengo que seguirlo con verdadera responsabilidad (...) nunca me he arrepentido de ello, he tratado de seguir a Jesús durante 48 años de sacerdocio y para mí ha sido lo más maravilloso de mi vida”


Es la vasta historia del catolicismo en Tulancingo, un compendio de momentos y hechos que comenzaron aproximadamente en 1528, cuando llegaron los primeros evangelizadores a estas tierras. Tras casi cinco siglos, existen diversos acontecimientos y datos dignos de reconocimiento dada su particularidad.

Uno de ellos involucra a una figura religiosa, a un obispo y a un párroco. Para contar esta historia es obligatorio señalar que aunque no muchas personas lo saben, el santo patrono de Tulancingo es San Juan Bautista, una de los personajes bíblicos más importantes porque, además de ser el primo del Mesías, también fue quien se encargó de darle bautismo judío en las aguas del río Jordán.

Su fiesta patronal es cada 24 de junio, fecha en la que otrora se celebraba la feria en esta ciudad. Además, hay diversas creencias en torno a esta fecha: según la vox populi, este día se abren unos portales energéticos bastante útiles para hacer peticiones especiales. En regiones cercanas, como en Acaxochitlán, aún se acostumbra la tradicional “sanjuaneada”, que consiste en meterse a un río o lago para “fortalecer el cuerpo ante enfermedades”, según marca la costumbre en esa región.

Durante la Colonia, Tulancingo se conoció con el nombre de San Juan Bautista Tollantzinco, ya que así le llamó Fray Juan de Padilla, uno de los primeros franciscanos que evangelizaron la entonces Nueva España y quien por cierto fundó formalmente este pueblo en 1528.

Pasaron los años y nos trasladamos hasta 1862. Aunque Tulancingo ya llevaba poco más de tres siglos siendo uno de los asentamientos más importantes para la evangelización y la profesión del catolicismo aún después de la Guerra de Independencia, no fue hasta dicho año que el Vaticano ordenó la creación de la Diócesis de Tulancingo.

Según se lee en un documento que puede consultarse en el Museo de Datos Históricos, fue un 26 de enero de 1862 cuando el Papa Pio IX decretó en la bula “In Universa Gregis”, la creación de esta demarcación eclesiástica, asignando como primer obispo al sacerdote Juan Bautista Ormaechea y Ernaíz.

El obispo Juan fue responsable, entre otras cosas, de la institución del Seminario Mayor, plantel católico que inició labores en 1865 tras un decreto del clérigo, quien lo sostuvo con políticos de la época. En dicho documento se estipuló que el Seminario sería la "casa formadora" para futuros sacerdotes y creación de cátedras, entre otras funciones.

Otra de sus grandes aportaciones tiene que ver con una imagen que es probablemente la más querida del Valle de Tulancingo: la Virgen de los Angelitos. Durante el siglo XVIII, un artesano de origen hñahñu llamado el "Tata" Coronado, quien llegó procedente de Actopan huyendo de una peste, llegó a vivir en las faldas del Cerro del Tezontle y en su cuarto comenzó a pintar sobre la pared la imagen de una Virgen rodeada de Ángeles.

Esta imagen generó una enorme devoción entre los tulancinguenses, ya que le atribuían milagros de salud. La humilde vivienda que era su primer hogar, pronto fue insuficiente para recibir a los feligreses. A principios del siglo XIX se construyó una pequeña capilla, pero era tanta la popularidad y arraigo que la Virgen tenía sobre todo en la población indígena, que don Juan Bautista Ormaechea solicitó que fuera la Patrona Diocesana.

Un tres de mayo de 1878, él mismo colocó la primera piedra del Templo que actualmente conocemos. Desde entonces, la Virgen de los Angelitos es la patrona de la Arquidiócesis de Tulancingo.

El último de los “Juanes” que impactó en la historia del catolicismo tulancinguense es de nuestra era. Se llama Juan Valentín Bautista Salinas y es el párroco de la Catedral Metropolitana de Tulancingo, recinto sede de la Arquidiócesis. Desde hace 49 años, el padre Juan dedica su vida al sacerdocio, de hecho, él refiere que desde niño sintió lo que se conoce como “el llamado”.

A los 15 años de edad, ingresó al Seminario Menor de Tulancingo y entonces reconoció que esa era la senda que quería seguir para siempre.

“Si yo he sentido el deseo de seguir este camino porque siento que Dios me llama, pues tengo que seguirlo con verdadera responsabilidad (...) nunca me he arrepentido de ello, he tratado de seguir a Jesús durante 48 años de sacerdocio y para mí ha sido lo más maravilloso de mi vida”


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