/ miércoles 25 de agosto de 2021

La catástrofe educativa

Los momentos de aislamiento de la pandemia han sido de suma utilidad para la reflexión y la investigación. Cuando lo apremiante era evitar contagios para preservar la salud, me acerqué a diversos especialistas que me daban una perspectiva muy particular de los efectos del confinamiento, particularmente, el alcance psicológico en niñas, niños y adolescentes que se mantuvieron alejados de su familia y amigos, cuando en esa etapa de la vida la socialización resulta fundamental.

El cierre de las escuelas y la educación a distancia no trajo resultados tan favorables como los que se esperaba. En primer lugar, la falta de estructura tecnológica gratuita propiciaba que muchas familias sólo pudieran apoyar materialmente a uno o dos de sus hijos relegando a los demás pro la falta de recursos o, incluso, la familia entera no tenía forma de acceder a clases virtuales. En segundo lugar, la metodología no logró adaptarse a las necesidades de los educandos al grado de propiciar deserción o falta de aprovechamiento académico.

Lejos de planear una solución sólida después de tantos meses de confinamiento, la necesidad de contar con adeptos, generar escenarios propagandísticos y presionar al máximo alejándose de sus responsabilidades, la Secretaría de Educación Pública emitió un acuerdo que no sólo lastima a las y los niños de este país, sino que pone en grave peligro a miles de maestros que, además de no otorgarles las herramientas mínimas en cuanto a educación se refiere, los coloca al frente de una bomba de tiempo.

Los escenarios internacionales han arrojado que después del regreso presencial a clases los contagios se han multiplicado en cifras gravísimas llevando a niñas, niños y adolescentes a sufrir las consecuencias de una variante del virus más contagiosa, agresiva y que rompió la idea de que a los menores no les afectaba de forma grave. Escuelas de Estados Unidos de América registran contagios por miles e internaciones de estudiantes en áreas de terapia intensiva.

Si, de por sí, se ocultaron las cifras reales de muertes por COVID 19 en nuestro país, la tragedia que se viene con la necedad de llevarlos a la escuela va a ser de dimensiones tristes para un país que tiene aún mucho que hacer por su niñez. Cuando se trata de nuestra infancia los números sucumben ante la individualidad de los nombres de niñas, niños y adolescentes, que ven truncada su vida por una decisión irresponsable. Ahí los números no importarán cuando las familias se devasten por haber perdido a una hija o hijo.

Sin recursos para proveer a las escuelas de lo mínimo indispensable para volver, sin un protocolo claro de atención de contagios, sin sensibilidad para saber qué hacer cuando se registre un contagio, sin un refuerzo de vacunas para las y los maestros, aunado a no tener ni en el horizonte la posibilidad de vacunar a niñas, niños y adolescentes, no sólo por la falta de aprobación de la vacuna, sino porque no vamos ni al 30% de población vacunada como se había prometido para hace algunos meses, el panorama es catastrófico y demuestra la ineficiencia de un sector como el educativo que ha sido mancillado, olvidado y engañado durante la actual administración.

No sólo es necesario, sino urgente volver a las aulas en beneficio de las mentes y emociones de la infancia mexicana, pero sin las medidas que garanticen el derecho humano a la vida y a la salud, no será posible y será una carga para las autoridades que evaden su responsabilidad y se enceguecen ante la revisión de otros casos. El pueblo de México no merece que las cosas se sigan haciendo al vapor y con indiferencia por las vidas humanas.

Los momentos de aislamiento de la pandemia han sido de suma utilidad para la reflexión y la investigación. Cuando lo apremiante era evitar contagios para preservar la salud, me acerqué a diversos especialistas que me daban una perspectiva muy particular de los efectos del confinamiento, particularmente, el alcance psicológico en niñas, niños y adolescentes que se mantuvieron alejados de su familia y amigos, cuando en esa etapa de la vida la socialización resulta fundamental.

El cierre de las escuelas y la educación a distancia no trajo resultados tan favorables como los que se esperaba. En primer lugar, la falta de estructura tecnológica gratuita propiciaba que muchas familias sólo pudieran apoyar materialmente a uno o dos de sus hijos relegando a los demás pro la falta de recursos o, incluso, la familia entera no tenía forma de acceder a clases virtuales. En segundo lugar, la metodología no logró adaptarse a las necesidades de los educandos al grado de propiciar deserción o falta de aprovechamiento académico.

Lejos de planear una solución sólida después de tantos meses de confinamiento, la necesidad de contar con adeptos, generar escenarios propagandísticos y presionar al máximo alejándose de sus responsabilidades, la Secretaría de Educación Pública emitió un acuerdo que no sólo lastima a las y los niños de este país, sino que pone en grave peligro a miles de maestros que, además de no otorgarles las herramientas mínimas en cuanto a educación se refiere, los coloca al frente de una bomba de tiempo.

Los escenarios internacionales han arrojado que después del regreso presencial a clases los contagios se han multiplicado en cifras gravísimas llevando a niñas, niños y adolescentes a sufrir las consecuencias de una variante del virus más contagiosa, agresiva y que rompió la idea de que a los menores no les afectaba de forma grave. Escuelas de Estados Unidos de América registran contagios por miles e internaciones de estudiantes en áreas de terapia intensiva.

Si, de por sí, se ocultaron las cifras reales de muertes por COVID 19 en nuestro país, la tragedia que se viene con la necedad de llevarlos a la escuela va a ser de dimensiones tristes para un país que tiene aún mucho que hacer por su niñez. Cuando se trata de nuestra infancia los números sucumben ante la individualidad de los nombres de niñas, niños y adolescentes, que ven truncada su vida por una decisión irresponsable. Ahí los números no importarán cuando las familias se devasten por haber perdido a una hija o hijo.

Sin recursos para proveer a las escuelas de lo mínimo indispensable para volver, sin un protocolo claro de atención de contagios, sin sensibilidad para saber qué hacer cuando se registre un contagio, sin un refuerzo de vacunas para las y los maestros, aunado a no tener ni en el horizonte la posibilidad de vacunar a niñas, niños y adolescentes, no sólo por la falta de aprobación de la vacuna, sino porque no vamos ni al 30% de población vacunada como se había prometido para hace algunos meses, el panorama es catastrófico y demuestra la ineficiencia de un sector como el educativo que ha sido mancillado, olvidado y engañado durante la actual administración.

No sólo es necesario, sino urgente volver a las aulas en beneficio de las mentes y emociones de la infancia mexicana, pero sin las medidas que garanticen el derecho humano a la vida y a la salud, no será posible y será una carga para las autoridades que evaden su responsabilidad y se enceguecen ante la revisión de otros casos. El pueblo de México no merece que las cosas se sigan haciendo al vapor y con indiferencia por las vidas humanas.

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