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Nora Leticia Rocha, el vuelo de una saeta… la atleta campeona del Ejército mexicano

  • Margarita Solano
  • en Sociedad

La saeta rubia entró a la pista de los Juegos Panamericanos de 1999 en Winnipeg, Canadá, sin ser favorita y con la edad en contra: 32 años. Para muchos velocistas y fondistas profesionales, Nora Leticia Rocha de la Cruz era una atleta veterana. Para una mujer inquebrantable como ella, la edad es poca cosa comparada con el poder de su mente.

Antes de pararse en esa pista marrón para desafiar la incredulidad de su resistencia y velocidad treintañera, la saeta era ya una campeona. Un año atrás, en 1998 y pasando los treinta años, la saeta de flequillo curvado en la frente logró un récord nacional que la inmortaliza: con 4 minutos 11 segundos y 26 centésimas, Nora Leticia se puso al frente en los 1500 metros femenil, una prueba desconocida para ella porque pocas veces la había corrido y su especialidad eran los 5,000 y 10,000 metros planos. En veinte años, nadie más ha podido igualar esos 4 minutos 11 segundos y 26 centésimas.

Ese mismo año, de la mano del ex presidente Ernesto Zedillo, Nora Leticia Rocha recibió el Premio Nacional del Deporte. La saeta se ganó el derecho a obtener el máximo reconocimiento del deporte nacional por ser décima a nivel mundial en los 10 mil metros en Atenas, Grecia.

Por llevarse la presea de oro en los 10 mil metros planos en Winnipeg, Canadá y ocupar el cuarto lugar en la Copa Mundial de Atletismo en Johannesburgo, Sudáfrica, en la prueba de 5000 metros planos donde “sólo iba la mejor del continente” recuerda la saeta. Uno por prueba, el mejor de cada una; a ella le tocaría representar a México en cuatro ocasiones.

Es 1999 y en los Juegos Panamericanos de Winnipeg, Canadá, el reloj marca el banderizo de salida para la competencia de 10,000 metros planos. Aquí se va por todo o nada. La saeta rubia aparece en la primera vuelta en el quinto lugar, mientras en su casa materna en Monclova, Coahuila, hay una fiesta en su nombre. Se mezclan abrazos, las vivas y el revolotear de las gallinas.

El pelotón delantero se integra por cinco competidoras, allí va ella, la saeta de Monclova. La canadiense Connelly aparece en el primer lugar en la primera curva.

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La mexicana aún está entre las cinco primeras. En el minuto 12 el bloque se fragmenta: tres atletas se adelantan al grupo. Ahora el tercer lugar es para la mexicana. Un minuto después, la colombiana Stella Castro rebasa de casa, la canadiense. Durante todo el tramo de esta curva lidera la colombiana y la canadiense y la mexicana se han alejado. Conforme acaba la curva, la canadiense acelera y rebasa a la colombiana, la cuarta competidora empieza a incrementar el ritmo, se acerca a Nora Leticia. La emoción crece. El grupo puntero se cierra.

Última vuelta. Nora Leticia ve a una competidora de Estados Unidos frente a ella. Es la velocista Rochelle Steele. La monclovense le sacó una vuelta completa a la mujer que, en los primeros minutos, estaba por delante de ella.La saeta monclovense siente en su pecho el rebote de la medalla de la Virgen de Guadalupe, a quien se encomendó antes de empezar la competencia. El cronómetro marca 32 minutos 56 segundos para la ganadora, Nora Leticia Rocha de la Cruz, se lleva la medalla de oro y obtiene un récord panamericano. La edad es un número.

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La Guadalupana

Diciembre de 1978 en Monclova. En la casa de los Rocha de la Cruz la Virgen de Guadalupe tiene un espacio especial en los corazones de la familia que confían en ella. Están convencidos desde siempre que sus problemas no se pueden resolver sin el auxilio de la Virgen morena.

Los secretos de Nora Leticia Rocha, una niña nacida para triunfar, fueron confiados a la emperatriz guadalupana.

La saeta rubia era una niña tan delgada, que verla correr alteraba al más prudente. Nora Leticia tenía la imagen de una niña que no era: rica y frágil. Su piel blanca y ojos entre azules y verdes, la hacían ver como la hija de una familia monclovense adinerada que se esmeraba por recortarse el flequillo a la altura de las cejas. La pequeña güera era de figura tan esbelta, que cualquiera asumiría que no podía cargar ni la mochila con la que todos los días llegaba a la Primaria Pública de El Chamizal, en Monclova, Coahuila.

Chayito fue la primera maestra de Educación física y deportes en acertar y equivocarse con las cualidades de Nora Leticia Rocha. Con poco presupuesto, la maestra se las ingenió para pintar con gis los carriles imaginarios de una pista atlética, y anotaba en su libreta las mejores habilidades de cada niño. Nora Leticia “estaba que se desbarataba de lo delgadita”, recuerda su mentora, pero vaya sorpresa se llevó el primer día que puso a la pequeña a entrenar para lanzar disco.

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Sin material didáctico para realizar los entrenamientos, Chayito instruyó a Nora Leticia a recorrer 500 metros trotando y hacer giros para lanzar un disco que no tenía. En su lugar, la niña de once años sostenía con una sola mano una resma de hojas blancas que pesaban más de dos kilos. La fuerza de la niña delgadita fue adquiriendo notoriedad con sus compañeros de la primaria, que miraban de cerca cómo trotaba, giraba y lanzaba un block de hojas cada vez más lejos de distancia, similar a los clavados que se aventaba en la acequia de su casa de barro con sus tres hermanos. La fuerza de Nora Leticia con el lanzamiento del montón de hojas blancas la hizo llegar a eventos deportivos regionales y uno nacional en lanzamiento de disco.

Antes que Chayito o cualquier otro profesor la descartaran para correr por su extrema delgadez, Nora Leticia ya le había soltado un par de lágrimas a la Virgen preguntándose por qué le decían que no, cuando ella se sentía potente y capaz de superar su aparente inhabilidad para el deporte. No había competido en una pista pero estaba convencida de su vocación y quería intentarlo.

La niña Nora Leticia, cuyos ojos parecen dos lagos a media tarde, husmeaba en las navidades en los basureros de colonias pudientes donde las mamás dejaban abandonados los juguetes decembrinos usados para reemplazarlos por nuevos, mientras ella sacaba de los escombros su primer muñeca sin pelo y rayada.

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Llegando a la adolescencia, Nora Leticia caminaba por la Plaza Juárez de Monclova cuando se enteró de la carrera tres kilómetros y que comenzaría la tarde del 12 de diciembre en honor a la Virgen de Guadalupe. Quien se coronara como ganador de la carrera, recibiría una copa dorada de su tamaño. Entonces pensó en Cuca, su mamá, viéndola correr con el ceño fruncido y diciendo sin decir que “correr es cosa de huevones, que eso no deja nada”. Si Cuca supiera de su ilusión por competir, de las ganas que tiene ahorita por inscribirse a la carrera, seguro le diría que no, que eso es para la gente desocupada que no tiene nada qué hacer, que en casa había que ayudarle con la venta de gorditas, tamales y empanadas.

Desobedecer a Cuca daba miedo, en cualquier época, a cualquier edad. “Me podía pegar con un cinto”, pensó Nora Leticia y el miedo a la reprimenda materna la alejó por un instante de la caseta de inscripción.

Caminó dando vueltas a la manzana, revisando el letrero que anunciaba la carrera, volvió a sonreír, a imaginarse veloz y en la meta recibiendo la copa dorada. Nora Leticia tenía tantas ganas de correr y correr, que sacó de la cabeza a Cuca, el cinto y lo que viniera. Si correr era de gente desocupada, ella quería ocuparse en ello.

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Se inscribió a la carrera con total sigilo. Para entonces, Monclova estaba llena de luces de navidad en centros comerciales, tiendas de abarrotes y autoservicio.Nora Leticia esperó esa jornada con la misma ansiedad juvenil con la que desde niña aguardaba la clase de deportes donde cargar un block y correr 400 metros era el paraíso. Con su secreto mejor guardado, vistiendo un pants viejo, una playera de tela delgada “de manguita” y un par de tenis polvorientos, se puso en el punto de partida. Arrodillada en posición felina a punto de cazar, la niña de ojos azules ondeó su coleta de caballo y cuando se dio el banderazo de salida, conoció la actividad que la haría feliz el resto de su vida.

— “Yo empecé a correr, correr y correr. Desde el arranque iba adelante, me despegué de todo el grupo y me fui, me fui…”, rememora emocionada.

Nora Leticia se fue, era cierto. Se alejó de la incomprensión del que le dijo no sirves para el deporte, salió corriendo a buscar el sí, encontró en esos pasos el convencimiento de que era capaz. Se fue y con ella se alejó el miedo de pensar en una mamá enojada lista para el castigo. Esa noche, Nora Leticia se fue, voló. Se despidió de esa niña que desde la primaria escondió su gusto por correr sin haber corrido. Se puso tenis y avanzó con la velocidad de una gacela perseguida por un león. Recordó las impertinencias de los incrédulos que desde la primaria creían que su cuerpo delgado no resistía ni 200 metros, ahora iba por tres kilómetros y no tenía ni sed, ni cansancio, ni calambres. Siguió erguida, a paso veloz, sola, completamente sola, se dio el lujo de mirar con el rabo del ojo como cuando acompañaba a mamá a verla lavar ropa ajena. No vaciló en pensar que era la primera, que nadie más iba a su paso, que era la saeta que Cupido clavó en el corazón de los mortales. Cuando la imagen de cinco metros de la Virgen de Guadalupe se impuso, la miró, se miraron, y el corazón palpitó con fuerza. “Sentí una emoción gigante” rememora Nora Leticia en el deportivo monclovense que lleva su nombre, 40 años después de haber ganado la primera carrera Guadalupana.

La sargento de las medallas

Antes de que el sol se asome, Nora Leticia ha dejado a un lado el atuendo deportivo que desde hace tres décadas se ha convertido en su piel: pants de algodón hasta los tobillos, tenis abultados del talón, y una sudadera que cubre los brazos de las madrugadas heladas cuando la mayoría duerme y ella entrena atletas de alto rendimiento en el Ejército mexicano.

La sargento Rocha entra al Colegio Militar de Popotla, ubicado en la Calzada México-Tacuba, en punto de las seis de la mañana. Para entonces, algunos puestos venden tamales y atole muy caliente en la avenida, mientras los transeúntes se frotan las manos. Adentro, la reja color verde militar deja ver una pista de 400 metros donde soldados pasan corriendo una, dos, tres, cuatro veces y sus cuerpos esbeltos dejan ver el baile de sus pantalones a media pierna que se contonean al ritmo de sus zancadas.

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En este ambiente castrense, Nora Leticia parece haber extraviado su nombre. Aquí no se le conoce por la Saeta rubia, tampoco por el nombre compuesto que le puso Cuca al nacer. En el ejército es “la sargento Rocha” y las letras del apellido van bordadas en la camisa verde militar que porta una atleta de alto rendimiento.

Los brazos de la sargento Rocha permanecen rectos a la altura de los muslos mientras camina por la pista del colegio militar recordando uno de sus logros deportivos tras conquistar la medalla de oro en los XIII Juegos Panamericanos 1999, realizados en Winnipeg, Canadá. Considerado el evento deportivo más importante del continente, aquellos Panamericanos ubicaron a México entre los diez países con más preseas deportivas. Esa victoria y sus otros grandes logros propició la invitación más importante de su trayectoria profesional: ser integrante de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena).

Con seis medallas doradas, plateadas y de bronce en su mano izquierda, Nora Leticia recuerda que llegando de Canadá a finales de los años 90, la vida le cambió para siempre.

— Me invitaron a pertenecer al Ejército Mexicano para representarlo en eventos nacionales e internacionales. Nunca lo dudé, pues correr es mi pasión—, cuenta con la mirada fija en la pista atlética destellando ese par de esmeraldas en la mirada que hacen juego con su uniforme militar.

— Siempre me gustó el ejército, el uniforme y todo lo que conlleva portarlo—, expresa mientras observa sus botas, se mira de pies a cabeza hasta topar con las medallas que sostiene con orgullo en uno de sus puños.

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Rocha de la Cruz ingresó a las filas castrenses como soldado raso, la primera línea militar. Alcanzar los niveles siguientes fue de intenso sacrificio, similar al de haber dejado a su primera hija a cargo de su mamá para formarse como atleta. Hoy, Rocha es sargento primero y está a seis meses de jubilarse de las filas militares.

Mucho ha pasado desde que la sargento Rocha escaló de soldado a la posición actual en la Sedena. Aunque le cuesta hablar de ella misma, la relevancia de su destreza deportiva cobra notoriedad al pertenecer a una institución como el Ejército mexicano, que hasta hace apenas once años decretó el principio de igualdad en las fuerzas armadas tras siglos de excluir a las mujeres de sus filas. Hasta 1938, las mujeres mexicanas que quisieran entrar al ejército tenían como única posibilidad la Escuela Militar de Enfermeras, una profesión que de antemano asumía el cuidado del otro como una vocación exclusivamente femenina. Pasarían 35 años para que fuera posible el ingreso de algunas mujeres en la Escuela Médico Militar y de Odontología.

Las cifras de participación femenina en la Sedena muestran lo que conlleva para cualquier sargento primero, como Nora Leticia, portar ese uniforme militar con el que hoy camina con la espalda erguida por los pasillos del Colegio Militar de Popotla. En albores de los años 90, cuando aceptó la invitación de unirse al Ejército de México para representarlo en eventos deportivos nacionales e internacionales, de 191 mil militares, sólo alrededor de seis mil eran mujeres. Las mujeres soldado también eran minoría. Rocha fue una de las tres mil féminas con ese rango, en una institución que en esa época contaba con más de 60 mil soldados varones.

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Ganarse el respeto deportivo entrenando militares de alto rendimiento no era una cuestión de velocidad y preseas: la Sedena parece no tener prisa en hacer que las mujeres conquisten posiciones jerárquicas de poder. Secretario de Defensa, general de división, general de brigada, general brigadier: más de 540 militares han desfilado por las posiciones de mando más importantes del Ejército mexicano en los últimos cincuenta años. Ninguna de esas jerarquías ha sido para una mujer.

Década y media colmaron a la sargento Rocha y al Ejército mexicano de gloria deportiva. Tras lograr en muchas ocasiones los tres primeros lugares de los principales eventos deportivos, la sargento Rocha hizo lo que sabe hacer desde niña: correr como gacela, concentrarse como quien hace meditación budista y tener disciplina de acero para entrenar, levantarse antes de las cinco de la mañana, comer sano y perseguir un sueño como una leona hambrienta detrás de una presa. La atleta y sargento del Ejército mexicano, trajo oro, plata y bronce, o viceversa, en los Juegos Centroamericanos y del Caribe 1998, en Maracaibo, Venezuela; El Salvador, San Salvador, en el 2002; y Cartagena, Colombia, en el 2006. También obtuvo preseas en los Juegos Panamericanos en Winnipeg, Canadá, 1999; Santo Domingo, República Dominicana en el 2003, y Río de Janeiro, Brasil, en el 2007: En el Campeonato Iberoamericano de Atletismo en Lisboa 1998 y en Guatemala 2002.

Veinte años ininterrumpidos dedicados al atletismo, más de la mitad en el Ejército mexicano, tres posiciones jerárquicas alcanzadas en la Sedena. Comenzó siendo soldado con las cifras de participación femenina en desventaja. Hoy a punto de terminar su carrera como entrenadora de atletas de alto rendimiento, hay 17 mil sargentos varones contra mil sargentos primero como ella.

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