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La deportación no fue el fin del mundo

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Viridiana Saavedra, El Occidental

El año 2000 cambió la vida de José Guadalupe Medina. Fue deportado de Estados Unidos. Para él, el mundo estaba derrumbado. Casi cuatro años viviendo en la Unión Americana se habían escabullido en un abrir y cerrar de ojos; la vida le tenía una segunda oportunidad en su país, al cobijo de sus paisanos.

Originario de Ahuisculco, poblado de menos de tres mil habitantes del municipio de Tala, cerca de Guadalajara, su ciudad hace más de dos décadas no le ofreció lo que buscaba y salió hacia California. Ahí trabajó en la jardinería y en una empresa dedicada al reciclaje. Sus jornadas eran largas, pero la satisfacción de haber cruzado la frontera le permitía seguir adelante; como a la mayoría de mexicanos, pensaba en su gente, en su tierra.

“Me deportaron a Mexicali; la primera me agarraron los soldados como a las 7 de la mañana y la segunda vez que lo intenté sí crucé, pero fue cuando duramos tres días en el trayecto”.

Hace casi 17 años trabaja en una empresa mexicana que produce dulces y chocolates, con reconocimiento a nivel mundial, y ha encontrado el cobijo de sus compañeros.

“Me siento más seguro porque estoy en mi país y aquí no me molesta migración, en el trabajo aquí estoy a gusto. El miedo en Estados Unidos es a migración, de que vaya uno por la calle con el temor de encontrárselos”, comenta mientras revive el momento de su deportación, lo cual le hace pensar no estar interesado en volver.

“Si nos ponemos serios a cumplir con lo que debe ser, vamos a salir adelante”, agregó Enrique Michel Velasco, propietario de Dulces de la Rosa, donde también se ha dado oportunidad de empleo a personas que tras regresar de Estados Unidos buscan trabajo en industrias del país.