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Marine Le Pen usa lenguaje sofisticado para reafirmar la fe de sus militantes

  • Carlos Siula / Corresponsal
  • en Mundo

Dos personas que asisten a un acto político de Marine Le Pen o
la escuchan por televisión no reciben el mismo mensaje. Cada una
de las frases que pronuncia la líder del Frente Nacional (FN) de
extrema derecha, está construida para conquistar electores con
mensajes unificadores y  –al mismo tiempo– contiene un
metalenguaje mucho más sofisticado destinado a revalidar la
doctrina de su partido y reafirmar la fe de sus militantes.

“Profanos e iniciados interpretan mensajes diferentes”,
argumenta el politólogo Jean-Yves Camus, especialista de
movimientos nacionalistas y extremistas en Europa.

La diferencia crucial reside en que los partidarios del FN saben
descifrar el lenguaje codificado que suele utilizar la candidata
presidencial para no ofrecer ningún flanco débil que permita
acusarla ante la justicia. “Sus partidarios son capaces de
traducir cada una de las palabras para entender exactamente lo que
quiere decir”, sostiene el filósofo Michel Eltchaninoff, autor
del libro "En la mente de Marine Le Pen".

“Marine Le Pen es la única que emplea ciertos términos
escogidos para hacerle decir a cada palabra lo contrario de lo que
significa”, explica la francesa Cécile Alduy, profesora de
literatura en la Universidad Stanford y académica en el centro de
investigaciones Cevipof del Instituto de Ciencias Políticas de
París (Sciences-Po).

Tras analizar más de 500 discursos pronunciados entre 1987 y
2013 por la candidata y su padre  (el patriarca octogenario del
FN, Jean-Marie Le Pen), Alduy reunió 2.5 millones de palabras en
una base de datos para descubrir las rupturas lexicales y las
recurrencias del código frentista.

Entre los términos más utilizados por Marine Le Pen en
asociación con “inmigración” aparecen “salario”,
“protección” y “costo”, lo que parece indicar una
sensibilidad social más elevada en la hija que en su padre. El
léxico de Jean-Marie Le Pen se sitúa en cambio en un registro
más ansiógeno (“peligro”, “amenaza”, “pérdida” y
“dificultad”).

“La candidata del FN se limitó a desplazar el centro de
gravedad de su discurso hacia el punto de aceptabilidad más
cercano a las normas políticas”, sintetiza Alduy en su nuevo
libro "Marine Le Pen prise aux mots", título que podría
traducirse como "Marine Le Pen al pie de la letra".

El cambio más importante, sin embargo, consistió en cambiar en
forma paulatina el significado del léxico. El principal artífice
de esa evolución fue Bruno Mégret, expulsado del partido en los
años 90 por haber intentado disputarle el liderazgo a Jean-Marie
Le Pen. En la llamada batalla del vocabulario, Mégret realizó un
intenso trabajo para convencer a los dirigentes y a los militantes
sobre la conveniencia política de reemplazar “clases” por
“masas”, “universalismo” por “cosmopolitismo” o
“asociaciones antirracistas” por “lobbies
antirracistas”.

Esa “expropiación semántica” del vocabulario político de
sus rivales forma parte del esfuerzo de des-demonización realizado
cuando Marine Le Pen sucedió a su padre en el liderazgo del
partido. Aconsejada por su nuevo gurú ideológico, Florian
Philippot, decidió moderar el lenguaje y el comportamiento del FN
para ganar la confianza de sectores populares y de la clase media
que hasta ese momento eran reticentes en aprobar los frecuentes
desenfrenos racistas, xenófobos y antisemitas de Jean-Marie Le
Pen.

Es por esa razón que (en lugar de referirse a la
“inmigración masiva e incontrolada” y “aluvión” de 30
millones de extranjeros llegados al país en 40 años), ella
prefiere utilizar términos más abstractos como “política
migratoria” o “inmigración”, aunque repite las mismas cifras
que su padre.

Para no cometer delito de discriminación o xenofobia, cuando
habla de los hijos de extranjeros  —frecuentemente acusados de
tráfico de drogas u otros crímenes—, usa códigos expropiados
al lenguaje políticamente correcto: “jóvenes surgidos de la
inmigración” y más directamente la palabra “joven” se
convirtió en sinónimo de delincuente.

En su vocabulario, “inmigración” pasó a ser
“diversidad”, “miseria” o “pobreza” se transformaron en
“exclusión”, la “promiscuidad” que existe en los barrios
periféricos abandonados de la mano de Dios se convirtieron en
“diversidad social”.

En general procede por alusión cuando trata de designar un
“enemigo interior o exterior” causante de la decadencia
francesa: por un lado asume su parte de responsabilidad en los
errores colectivos al decir “cedimos demasiado”,
“aceptamos” o “fuimos demasiado ingenuos”. La respuesta
implícita es “ante la inmigración de origen árabe y
africana”, a las cuales jamás define de esa manera. Como en el
caso de Donald Trump, “las élites” constituyen otro chivo
expiatorio predilecto cuando se trata de denunciar a los culpables
de la decadencia: ese palabra de código identifica a
“Washington, Berlín, Bruselas o la Unión Europea” que
procuran “terminar con los pueblos y las naciones”.

En los últimos dos años, particularmente desde que comenzó la
ola terrorista islamista, la religión se convirtió en un blanco
de ataques casi cotidiano, pero siempre en forma indirecta: “La
religión inmigracionista es un insulto a la persona humana, cuya
integridad está siempre ligada a una comunidad, una lengua y una
cultura”, suele decir en una referencia transparente al
crecimiento que tuvo el Islam en Francia. “Pero en sus discursos
jamás da detalles sobre esos inmigrantes que serían incompatibles
con los valores franceses”, destaca el historiador Grégoire
Kauffmann, autor del libro "El nuevo FN".

Sería ingenuo pensar que ese maquillaje retórico es
inofensivo: en el último año, el FN pasó de 20 a 27 por ciento
en las intenciones de voto para las elecciones presidenciales del
23 de abril y 7 de mayo, encabeza todas las encuestas y  —por
primera vez—  se encuentra en las puertas del poder. “Actuar
de esa manera, equivale a hacer política con una máscara. ¿Qué
pasará cuando puedan actuar sin ocultarse?”, se inquieta el
politólogo Jean-Yves Camus. Los que se atreven a dar una respuesta
piensan en la sorpresa que tuvieron en Estados Unidos muchos de los
electores que votaron por Donald Trump.

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