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Los habitantes salen a la calle con el temor de no caer en un socavón

  • Joel Hernández Santiago
  • en CDMX

Pasito para acá, pasito para allá… uno, dos, tres: brinco… Pasito para acá, pasito para allá… uno, dos, tres: brinco…  Y así, como con zapatillas de ballet, los capitalinos hemos pasado a una nueva etapa de nuestras vidas callejeras: el antes y después de los socavones…

Y salir cada día de nuestras vidas con el ¡Jesús! en la boca: entre la amenaza de ciclones que ya le agarraron cariño a nuestros mares y que nos hacen ver llover, ver gente correr, y sí estabas tú;  con la amenaza de temblores que nos hacen mirar con ojos cuadrados a todo lo que se mueve y pensar ‘que no pase nada-que no pase nada’ y si pasa, ayudar-ayudar-ayudar, que es la solidaridad lo que hace a los seres humanos…

Y, para acabarla de amolar, aparecen por aquí y por allá, también; como un buen pax de deux de El Lago de los Cisnes en esta “Muy Noble, Insigne, Muy Leal e Imperial Ciudad de México” como titulara a estos 2,499 kilómetros cuadrados Carlos I de España en 1545 de nuestra era virreinal…, aparecen, digo, los socavones que nos hacen mirar tierra adentro…

Y es que de un tiempo a esta parte al suelo que pisamos en la capital del país se le hace fácil abrir sus fauces y mostrarnos sus entrañas y decirnos que si por encima hay vida, también dentro, tierra abajo hay otra vida, que vive, se mueve, se indigna y reclama: eso es; es una forma de reclamo al abandono en el que se ha dejado la tubería que conduce nuestras aguas de uso y des-uso.

Porque luego de lo que ocurrió en la carretera de Cuernavaca el 12 de julio cuando se abrió un socavón que costó la vida a dos personas, como que se invocó a la madre tierra para que reclamara atenciones y cuidado… y tan es así que apenas el 7 de septiembre se anunció que precisamente en el kilómetro 80 de la carretera a Cuernavaca, exactamente frente a las oficinas de Capufe se abrió otro socavón de menor tamaño pero asimismo peligroso…

Pero en esas estamos de mirar en terreno ajeno cuando aquí mismo en “…esta México el asiento” que dijera Bernardo de Balbuena, el jueves 29 de agosto se abría un socavón que causó azoro, admiración, temor e indignación: el socavón de la esquina de Humboldt con la calle de Colón, a unos cuantos pasos del mismísimo Paseo de la Reforma y del Metro de todos tan temido.

‘Comenzó con un dedito y la mano agarró’, se podría decir. Esto es: Testigos presenciales del hecho inaudito dicen que de pronto apareció una pequeña rajadura en el piso ‘en el cruce antes señalado’. Pero poco a poco se fue abriendo más y como si nada, en unos minutos era más grande. Que apenas alcanzó a pasar una camioneta blanca de redilas, porque enseguida el socavón apareció en todo su esplendor…

Un socavón que ahora se sabe que es de 20 metros de diámetro y 13 de profundidad: casi nada. Es decir, una oquedad que da para que hubiera ocurrido una desgracia adicional.

Inmediato acudieron los rescatistas de Protección Civil de la Ciudad de México y los de Obras, de Aguas; los mismos que ven cómo cada año la ciudad de México se cubre de gloria en tiempos de lluvias, que es decir de baches, mismos que son recubiertos al término del periodo acuífero pero con el cuidado suficiente para que el año que entra vuelvan a aparecer los mismos baches y otra vez recubrir: bajo contrato de obra y lana sube-lana baja…

El docto dictamen de la autoridad capitalina es que se reblandeció la tierra porque la tubería que conduce agua tiene una antigüedad de cincuenta años y, por lo mismo, está filtrando su contenido. Así que esa es la razón científica…

La razón adicional es que, como siempre, arquitectos e ingenieros dicen que no se cimentó bien ese paso, que se construyeron entramados para soportar el peso, pero que no se consideró la naturaleza de la tierra ahí, la humedad natural y que, en efecto: la antigüedad de la red de tubería en la Ciudad de México es muy vieja y ya está mostrando señas de deterioro…

… De ahí las frecuentes fugas de agua y las filtraciones ya casi permanentes, además de que el material que se utilizó es de pésima calidad y que la supervisión de obras fue casi inexistente.

Arreglar este socavón costará –dicen los del Sistema de Aguas de la Ciudad de México–  tres millones de pesos y se tardarán dos meses en arreglarlo y dejarlo como si ‘nada por aquí, nada por allá’. Si… pero…

¿Los edificios adyacentes no están en riesgo? Nadie dice esta boca es mía. Sobre todo porque exactamente junto a este agujero está un hotel de grandes dimensiones y peso y multitudes de hombres, mujeres y niños dentro… ¡Cuidado!

Y todavía no se digería la jalea por lo ocurrido en Humboldt y Colón cuando, como hongos en tiempo de lluvias, aparecieron más y más socavones.

Así que apenas unos días después, horas, digamos, de pronto apareció otro más, de más de tres metros de diámetro en la calle de Popocatépetl y San Felipe, en la colonia Xoco, de la delegación Benito Juárez.

A la vista de este nuevo hueco terrenal, el coordinador nacional de Protección Civil, Luis Felipe Puente, dijo que ‘por las características de permeabilidad de la tierra de la Ciudad de México, es factible que se produzcan más socavones en CDMX’ y que “son fugas que están en la parte subterránea que pueden ser de drenaje, que pueden ser de agua pluvial, que no se observan en la parte superior…”

Y de ahí para el real: horas después se anunció que en la delegación Álvaro Obregón un taxi cayó en una oquedad en Calle 4, colonia Tolteca, en una zona donde se llevaban a cabo obras para la reparación de la red hidráulica…

Y horas después apareció otro agujero en la calle de Nezahualpilli y División del Norte, en la colonia Xotepingo. Y otro de cinco metros y medio de profundidad que se abrió en la carretera Xochimilco-Tulyehualco, en Santa María Nativitas. Y otro en la calle de Aquiles Serdán, entre Felipe Ángeles y avenida Morelos en Iztapalapa; y otro en la calle de Arenal, a la altura de Tlalpan en donde una grúa y un camión de bomberos se hundieron; el miércoles pasado otro, en Cuautitlán… Y…

Y que Guadalajara en un llano, México en una laguna… Pero esto no significa que los hombres de pipa y guante que trabajan en el gobierno de la Ciudad de México dejen de lado el llamado de la tierra, y que no comiencen, ya, a poner manos a la obra para cambiar el sistema de drenaje y traslado de agua que está bajo la tierra que es, a final de cuentas, la razón de todo este desastre.

Claro, son obras que no se ven y, por lo mismo, no son obras de relumbrón y mucho menos significan imagen política y votos… Pero se tienen que hacer y solucionar, a riesgo de que un día ocurra un colapso de incalculables consecuencias… ¿quién se hace cargo? ¿A quién se le van a cargar las desgracias que pudieran ocurrir aquí?

Y sí: hoy los habitantes de este algo valle metafísico, como es la Ciudad de México, salen a la calle con el temor de no caer en un ‘socavón’ al grito de ‘trágame tierra’. No. Nadie quiere eso. Y, por lo mismo…, pues nada, que hay que salir con las zapatillas de ballet, y a modo de pax de deux, en el Lago de los Cisnes, caminar con cuidado y de puntitas, no vaya a ser.

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