/ miércoles 27 de mayo de 2020

Más de cien vecindades, todas llenas de historias

El hacinamiento es la carta de presentación de este tipo de viviendas, donde viven hasta cinco personas en una habitación de cuatro por cuatro.

Sarahí habita en una de las 120 vecindades que hay en Tulancingo; espacios llenos de escaleras, de pasillos estrechos y donde las distancias no se dan entre casa y casa, donde todo se escucha, como: los pleitos, los buenos días, los te quiero y hasta los silencios que también hablan, son espacios llenos de historias.

Madre de cuatro pequeños, vive en constante preocupación por el hacinamiento que priva en su humilde cuarto, uno para todos, en él cocina, duerme y sueña, aunque muchas de sus añoranzas se hayan visto truncadas, su mayor anhelo es ver a sus hijos crecer en un mejor espacio y en consecuencia con mayores expectativas.

Paga 600 pesos de renta al mes, “no me queda de otra más que vivir aquí y solo soy una más de tantos que habitamos en vecindades, los que no tenemos dinero, los pobres aquí estamos”.

Sin una carrera y sin trabajo e ingresos fijos, desde hace una década ahí radica: “Uno se acostumbra a todo, menos a no tener un techo, aunque ya antiguo, pero es mi hogar, aunque no sea yo la dueña, pero éste es mi lugar, humilde, pero cabemos todos apretados”.

Sin una sala o comedor, no hay dinero para eso y en estos días de contingencia, su mamá le ayuda con su hija la mayor de 10 años, se la lleva a su casa, su pequeño de 8 y sus otras dos hijas de 2 años y 8 meses se quedan con ella.

Se toca el rostro y en medio de la nostalgia dice: “pese a todo y el miedo por la pandemia, intento ser feliz por mis hijos”.

Se muerde los labios y llora: “me hubiera gustado ser enfermera y tal vez ahora podría salvar muchas vidas con lo del coronavirus”.

Se limpia las lágrimas con su suéter de manga larga y continúa: “por ahora tengo que salvar a mis hijos, que procuro que no salgan mucho, el niño es quien sale al patio, a este pequeño espacio, estrecho, a jugar con sus carritos”

No hay sanas distancias cuando la ducha es para todos, entre ellos se organizan y por cierto, es “a jicarazos porque ahorita no hay boiler así que se pone agua a calentar en el anafre y los lavabos son comunales, si se diera un caso aquí de esa enfermedad, nos vamos a refugiar con mi mamá”

Ahí, donde radica es un espacio de cuatro por cuatro metros, tiene una mesa chica y solo dos sillas, además de una banca muy pequeña, dos camas y muchas cosas sobre las paredes ya desgastadas por el tiempo, sobre todo se observa ropa y algunos trastes y uno que otro juguete colgado.

Sobre la mesa donde comen, (la misma que se usa para hacer las tareas), ahí, tiene los libros su niño, quién a sus ocho años, aún debe usar pañal, porque tiene una enfermedad. Él platica y dice que tiene miedo, y explica el por qué “pienso que van a dejar de existir casi todas las personas”

Sarahí hace sus molotes que sale a vender de casa en casa. Antes, tenía su puesto, pero ahora tras las medidas aplicadas por la pandemia, no puede vender afuera de la vecindad, así que va buscando el sustento de puerta en puerta.

“Mi hogar, éste es mi hogar, humilde, sin lujos, solo con lo indispensable. Esta es la vida que me toca vivir, pero para ellos, quiero lo mejor, siempre lo mejor”, finaliza.


EL DATO: Entre seis y 10 mil habitantes viven en estos complejos

Sarahí habita en una de las 120 vecindades que hay en Tulancingo; espacios llenos de escaleras, de pasillos estrechos y donde las distancias no se dan entre casa y casa, donde todo se escucha, como: los pleitos, los buenos días, los te quiero y hasta los silencios que también hablan, son espacios llenos de historias.

Madre de cuatro pequeños, vive en constante preocupación por el hacinamiento que priva en su humilde cuarto, uno para todos, en él cocina, duerme y sueña, aunque muchas de sus añoranzas se hayan visto truncadas, su mayor anhelo es ver a sus hijos crecer en un mejor espacio y en consecuencia con mayores expectativas.

Paga 600 pesos de renta al mes, “no me queda de otra más que vivir aquí y solo soy una más de tantos que habitamos en vecindades, los que no tenemos dinero, los pobres aquí estamos”.

Sin una carrera y sin trabajo e ingresos fijos, desde hace una década ahí radica: “Uno se acostumbra a todo, menos a no tener un techo, aunque ya antiguo, pero es mi hogar, aunque no sea yo la dueña, pero éste es mi lugar, humilde, pero cabemos todos apretados”.

Sin una sala o comedor, no hay dinero para eso y en estos días de contingencia, su mamá le ayuda con su hija la mayor de 10 años, se la lleva a su casa, su pequeño de 8 y sus otras dos hijas de 2 años y 8 meses se quedan con ella.

Se toca el rostro y en medio de la nostalgia dice: “pese a todo y el miedo por la pandemia, intento ser feliz por mis hijos”.

Se muerde los labios y llora: “me hubiera gustado ser enfermera y tal vez ahora podría salvar muchas vidas con lo del coronavirus”.

Se limpia las lágrimas con su suéter de manga larga y continúa: “por ahora tengo que salvar a mis hijos, que procuro que no salgan mucho, el niño es quien sale al patio, a este pequeño espacio, estrecho, a jugar con sus carritos”

No hay sanas distancias cuando la ducha es para todos, entre ellos se organizan y por cierto, es “a jicarazos porque ahorita no hay boiler así que se pone agua a calentar en el anafre y los lavabos son comunales, si se diera un caso aquí de esa enfermedad, nos vamos a refugiar con mi mamá”

Ahí, donde radica es un espacio de cuatro por cuatro metros, tiene una mesa chica y solo dos sillas, además de una banca muy pequeña, dos camas y muchas cosas sobre las paredes ya desgastadas por el tiempo, sobre todo se observa ropa y algunos trastes y uno que otro juguete colgado.

Sobre la mesa donde comen, (la misma que se usa para hacer las tareas), ahí, tiene los libros su niño, quién a sus ocho años, aún debe usar pañal, porque tiene una enfermedad. Él platica y dice que tiene miedo, y explica el por qué “pienso que van a dejar de existir casi todas las personas”

Sarahí hace sus molotes que sale a vender de casa en casa. Antes, tenía su puesto, pero ahora tras las medidas aplicadas por la pandemia, no puede vender afuera de la vecindad, así que va buscando el sustento de puerta en puerta.

“Mi hogar, éste es mi hogar, humilde, sin lujos, solo con lo indispensable. Esta es la vida que me toca vivir, pero para ellos, quiero lo mejor, siempre lo mejor”, finaliza.


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