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La oposición y la sociedad civil

  • Juan Manuel Sepulveda

Tulancingo, Hidalgo.-  El triunfo obtenido por Andrés Manuel López Obrador y el partido Morena en las pasadas elecciones si bien es cierto parecería la crónica de una derrota anunciada de los demás candidatos y partidos contendientes, no dejó de sorprender a muchos respecto a su dimensión y alcances.
Como consecuencia de esa jornada electoral se reconfiguró de manera drástica el mapa del poder público del país, concentrando en una persona y un partido (más en la persona que en el partido) la conducción de la mayoría de los Diputados y Senadores del Congreso General de la Nación y la mayoría de los Diputados en la mayoría de los Congresos Estatales.
Esta concentración de poder, por si misma preocupante, se ve potencializada en sus efectos por la peculiar condición en la que deja a los partidos derrotados, a quienes les corresponde desempeñar la hoy, más que nunca, relevante tarea de oposición.
Desde hace largo tiempo los partidos políticos en general, tentados por los cuantiosos recursos económicos que legal pero inmoralmente el estado les proporciona y los mucho más cuantiosos que el ejercicio del gobierno les pone a su alcance, se corrompieron abandonando cualquier vestigio de ideología y la búsqueda del interés general, para convertirse en empresas administradoras del poder público en beneficio de los intereses particulares de los grupos que se apropiaron de ellos, con lo que fueron ganándose a pulso la animadversión popular.
Aunado al desdoro que los partidos ya venían acumulando en la contienda electoral reciente, los dirigentes de los partidos hoy derrotados, en el desmedido afán por defender o alcanzar los apetitosos beneficios que el triunfo electoral representaban, repartieron arbitrariamente candidaturas, hicieron alianzas, realizaron gastos y adquirieron compromisos, que además de lastimar a la mayoría de su militancia, difícilmente podrán paliar sin haber alcanzado el poder, dejando a los partidos en condiciones ruinosas pero además con los grupos que los arruinaron enfrascados en la disputa de las ruinas.
No se requieren análisis demasiado profundos para entender que la justa indignación y hartazgo que llevaron a más de 30 millones de mexicanos a optar por entregar tal cantidad de poder en unas cuantas manos, indica que una clara mayoría de electores busca la solución de los gravísimos problemas a través de un caudillo.
Sin embargo, la historia se ha encargado de demostrar que bajo la conducción de un caudillo si bien es cierto se pueden lograr en el corto y mediano plazo cambios trascendentales y en algunos casos benéficos, no menos cierto es que el poder del caudillo, aun cuando en su inicio esté inspirado en las mejores causas, como parece ser el caso del proyecto de López Obrador, cuando se prolonga en el tiempo y no tiene contrapesos se corrompe y se pervierte.
El indispensable contrapeso para el enorme poder del próximo gobierno, es claro que no podrá surgir de los partidos derrotados, cuyas bancadas parlamentarias además de reducidas quedaron integradas, en la gran mayoría de los casos, por plurinominales nombrados a capricho.
Por todo lo anterior es evidente que el único factor de equilibrio para la acción del próximo gobierno, deberá partir y apoyarse necesariamente en la sociedad civil.
No basta con desearle éxito o vaticinar el fracaso del próximo gobierno y sentarnos cómodamente como simples espectadores a ver el paso de la historia, todos los mexicanos tenemos el deber que nuestro momento histórico nos impone de que, muy por encima de filias o fobias y de las adulaciones o denuestos fáciles o convenencieros, hagamos valer por las vías democráticas, la propuesta del país que queremos y en cuya construcción nos comprometeremos y nuestra oposición al país que no permitiremos.