/ domingo 19 de enero de 2020

Todos somos culpables

(Primera de dos partes)

La tragedia del Colegio Cervantes en Torreón, Coahuila pareciera sacada de una novela de terror. Un niño de tan solo 11 años que disparó en su escuela dos pistolas, mató a su maestra e hirió a 6 de sus compañeros para luego suicidarse, es algo que me conmociona, duele y me ha llevado a reflexionar mucho sobre ello.

Me resulta inconcebible que este tema haya desatado mensajes de odio en redes sociales, culpando al ex presidente Calderón por su guerra “contra el narco”; a la policía por no revisar las mochilas de cada niño, en cada escuela; al abuelo por no resguardar bien las armas o a los maestros por no estar atentos, en fin, buscando culpables en lugar de reflexionar qué rumbo está tomando la humanidad para que pueda ocurrir algo así.

Lo sucedido es producto de angustiosos momentos que vivió en soledad y sin apoyo alguno, este niño originario de Durango, perdió a su madre y su padre estuvo preso en Estados Unidos por narcotráfico.

Nadie lo hubiera imaginado, llevaba excelentes calificaciones y observaba buen comportamiento, sin embargo, una infancia de sombras, sin amor y sin un buen ejemplo convirtieron en tragedia la existencia de este pequeño que tenía derecho a crecer y a desarrollarse sanamente.

Bien dicen que si la escuela es la segunda casa, entonces la casa es la primera escuela, no podemos esperar del gobierno o de las instituciones lo que no ofrecemos a las niñas y niños en el núcleo familiar.

Al final, todos somos corresponsables de esta tragedia, como sociedad y como seres humanos, aquello que le hacemos a la infancia se lo hacemos a la humanidad misma, lo que no somos capaces de garantizar a las niñas y niños va en detrimento de nuestra sociedad.

Los niños son el presente y habrá que meditar qué nos toca hacer para garantizar su futuro, de entrada le urge a este país una política pública integral en materia de infancia como la que tiene Coahuila, Estado que anualmente destina más de 30 millones de pesos a la Procuraduría de niñas y niños, mientras que el Gobierno federal no ha puesto interés alguno en implementar programas en la materia que ayudarían a atender de manera eficaz casos como este.

(Primera de dos partes)

La tragedia del Colegio Cervantes en Torreón, Coahuila pareciera sacada de una novela de terror. Un niño de tan solo 11 años que disparó en su escuela dos pistolas, mató a su maestra e hirió a 6 de sus compañeros para luego suicidarse, es algo que me conmociona, duele y me ha llevado a reflexionar mucho sobre ello.

Me resulta inconcebible que este tema haya desatado mensajes de odio en redes sociales, culpando al ex presidente Calderón por su guerra “contra el narco”; a la policía por no revisar las mochilas de cada niño, en cada escuela; al abuelo por no resguardar bien las armas o a los maestros por no estar atentos, en fin, buscando culpables en lugar de reflexionar qué rumbo está tomando la humanidad para que pueda ocurrir algo así.

Lo sucedido es producto de angustiosos momentos que vivió en soledad y sin apoyo alguno, este niño originario de Durango, perdió a su madre y su padre estuvo preso en Estados Unidos por narcotráfico.

Nadie lo hubiera imaginado, llevaba excelentes calificaciones y observaba buen comportamiento, sin embargo, una infancia de sombras, sin amor y sin un buen ejemplo convirtieron en tragedia la existencia de este pequeño que tenía derecho a crecer y a desarrollarse sanamente.

Bien dicen que si la escuela es la segunda casa, entonces la casa es la primera escuela, no podemos esperar del gobierno o de las instituciones lo que no ofrecemos a las niñas y niños en el núcleo familiar.

Al final, todos somos corresponsables de esta tragedia, como sociedad y como seres humanos, aquello que le hacemos a la infancia se lo hacemos a la humanidad misma, lo que no somos capaces de garantizar a las niñas y niños va en detrimento de nuestra sociedad.

Los niños son el presente y habrá que meditar qué nos toca hacer para garantizar su futuro, de entrada le urge a este país una política pública integral en materia de infancia como la que tiene Coahuila, Estado que anualmente destina más de 30 millones de pesos a la Procuraduría de niñas y niños, mientras que el Gobierno federal no ha puesto interés alguno en implementar programas en la materia que ayudarían a atender de manera eficaz casos como este.