/ sábado 7 de marzo de 2020

Raquel Díaz de Leon; madre del hijo de Santos Discépolo.

“Fue en Cuernavaca, Morelos. La ciudad de la eterna primavera, era medio día” Relata en su libro.

Ahí estaba él, sentado, los compositores mexicanos, agasajaban a los argentinos.

Al instante sintió su mirada. Enrique Santos Discépolo no dejo de mirarla un solo instante.

Raquel y su amiga, ocuparon una mesa vecina a la de la tertulia.

El mesero les informó que los comensales de la otra mesa les invitaban a compartir los alimentos. Ante tal cortesía Raquel, la de los ojos tapatíos, y su amiga accedieron.

Santos Discépolo, hizo un espacio para que ambos quedaran sentados lado a lado. “Fue un flechazo” anotó Raquel.

Cuando Discépolo hablaba, buscaba la mirada de aprobación de ella. Y lo logró. El compositor de los más afamados tangos impactó en el ánimo de la mexicana.

“Me tenía fascinada, tenía un ingenio sin par, me sentí tan afín a él que jusgué necesaria su compañía… en ese tiempo, yo era amante de Agustín Lara” escribió Raquel Díaz de León.

La cercanía con Lara sucumbió. Lara se apersonó en la casa en donde vivía su romance con Raquel, después la discusión, un portazo y nunca más volvió.

Raquel por su parte, con el apoyo de Renato Leduc inició su tarea en el periodismo.

Santos Discépolo regreso al año. El autor del tango “Uno”, el tango de la desesperanza y el desencanto regresaba a ella.

Raquel consideró que su vida tendría un nuevo significado.

Atrás quedaría su adolescencia en Jalisco, la violación de la que fue víctima, su entrada al mundo terrible y nocturno de la prostitución forzada, las noches en vela y llanto, todo eso quedaría atrás y viviría una vida hogareña con Enrique Santos Discépolo.

Una vida hermosa al lado del poeta que decía “hay que dar para no tener y h ay que crear para no esperar”.

Todo transcurría bien. Raquel Díaz de León esperaba un hijo de Enrique Santos Discépolo.

Y un día que dejó de ser un día cualquiera, Discépolo le dijo escuetamente. “Me tengo que ir, mi esposa está en México… adiós”.

Se volvieron a ver, solo para lastimarse más.

El viajó a su país, ella se quedó sola, su única esperanza era un porvenir incierto y el hijo que tenía en sus entrañas. Tres meses después nació su bebé.

Tiempo después Raquel trabajaba ya en un periódico de circulación nacional, al llegar a su empleo, vio la noticia en la portada. “Santos Discépolo, el gran autor del tango Uno, ha muerto”

Raquel le lloró el resto de su vida…

“Uno busca lleno de esperanzas, el camino que los sueños, prometieron a sus ansias, sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina, uno va arrastrándose entre espinas y en afán de dar su amor…”

“Fue en Cuernavaca, Morelos. La ciudad de la eterna primavera, era medio día” Relata en su libro.

Ahí estaba él, sentado, los compositores mexicanos, agasajaban a los argentinos.

Al instante sintió su mirada. Enrique Santos Discépolo no dejo de mirarla un solo instante.

Raquel y su amiga, ocuparon una mesa vecina a la de la tertulia.

El mesero les informó que los comensales de la otra mesa les invitaban a compartir los alimentos. Ante tal cortesía Raquel, la de los ojos tapatíos, y su amiga accedieron.

Santos Discépolo, hizo un espacio para que ambos quedaran sentados lado a lado. “Fue un flechazo” anotó Raquel.

Cuando Discépolo hablaba, buscaba la mirada de aprobación de ella. Y lo logró. El compositor de los más afamados tangos impactó en el ánimo de la mexicana.

“Me tenía fascinada, tenía un ingenio sin par, me sentí tan afín a él que jusgué necesaria su compañía… en ese tiempo, yo era amante de Agustín Lara” escribió Raquel Díaz de León.

La cercanía con Lara sucumbió. Lara se apersonó en la casa en donde vivía su romance con Raquel, después la discusión, un portazo y nunca más volvió.

Raquel por su parte, con el apoyo de Renato Leduc inició su tarea en el periodismo.

Santos Discépolo regreso al año. El autor del tango “Uno”, el tango de la desesperanza y el desencanto regresaba a ella.

Raquel consideró que su vida tendría un nuevo significado.

Atrás quedaría su adolescencia en Jalisco, la violación de la que fue víctima, su entrada al mundo terrible y nocturno de la prostitución forzada, las noches en vela y llanto, todo eso quedaría atrás y viviría una vida hogareña con Enrique Santos Discépolo.

Una vida hermosa al lado del poeta que decía “hay que dar para no tener y h ay que crear para no esperar”.

Todo transcurría bien. Raquel Díaz de León esperaba un hijo de Enrique Santos Discépolo.

Y un día que dejó de ser un día cualquiera, Discépolo le dijo escuetamente. “Me tengo que ir, mi esposa está en México… adiós”.

Se volvieron a ver, solo para lastimarse más.

El viajó a su país, ella se quedó sola, su única esperanza era un porvenir incierto y el hijo que tenía en sus entrañas. Tres meses después nació su bebé.

Tiempo después Raquel trabajaba ya en un periódico de circulación nacional, al llegar a su empleo, vio la noticia en la portada. “Santos Discépolo, el gran autor del tango Uno, ha muerto”

Raquel le lloró el resto de su vida…

“Uno busca lleno de esperanzas, el camino que los sueños, prometieron a sus ansias, sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina, uno va arrastrándose entre espinas y en afán de dar su amor…”

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