/ martes 4 de febrero de 2020

Modernidad impredecible

Somos animales simbólicos, la mayor parte de nuestro mundo es abstracto, basado en conceptos que cobran fuerza a través de la creencia colectiva de su existencia. Las asignaciones de valor que hacemos a través del lenguaje conceptual cambian, porque nosotros también lo hacemos como individuos y como sociedades.

Los procesos de cambio a veces son sutiles, casi imperceptibles, en contra posición algunos son estrepitosos y dramáticos en el ánimo popular con consecuencias inmediatas en la vida de las personas. Hace 29 años veíamos con incredulidad, si usted lo vivió, no me dejará mentir; la caída de un imperio prácticamente de la noche a la mañana, la Unión Soviética. La semana pasada el mundo observó a lo lejos un cambio cuyas consecuencias son aún desconocidas para el orden mundial que surgió del fin de la segunda guerra mundial: la separación del Reino Unido de la Unión Europea; cuyo impacto pondrá a prueba todo el entramado institucional de la posguerra.

La Unión Europea se constituyó a través de un proceso largo de poco menos de 40 años en el que las naciones europeas, particularmente las beligerantes durante las dos guerras mundiales (1914-1945) trataron de asegurar la paz y reconstrucción del continente. El contexto era simplemente catastrófico a un nivel nunca visto en la historia humana.

El nivel de devastación, tan solo en Europa del Este, más de 17,000 ciudades y 70,000 poblados fueron destruidos junto con el 60% de las instalaciones industriales; la hambruna recorría el continente desde Alemania hasta Inglaterra.

La calamidad no distinguió entre vencedores y vencidos. Los Estados Unidos de Europa, una idea, surgida en el siglo XIX, cobró fuerza después y solo después de las guerras mundiales; este término pronunciado por Winston Churchill en 1946 comenzó por detonar un proceso de integración cuya finalidad era precisamente evitar otra guerra ocasionada por los mismos europeos.

Las naciones pioneras que construyeron los cimientos de la Unión fueron Francia y Alemania (las beligerantes) a través de 3 pilares de la integración europea: la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, la Comunidad Europea de la Energía Atómica y la Comunidad Económica Europea, surgidas a partir del tratado fundacional de Roma en 1953, la primera norma suprema común para los Estados miembros.

Un segundo tratado fundacional el de Maastricht, en 1993, creó la Unión Económica que hoy conocemos: la Unión Europea, que abandonó el Reino Unido, desde el controvertido referéndum de 2016 que así lo ordenó, desatando la producción de una serie de resultados adversos para este esfuerzo europeo, el primer bloque en el mundo que llegó al nivel más alto de integración a partir de la libre circulación de personas, capitales, servicios y mercancías para promover la paz.

El mundo y sus sociedades han cambiado mucho desde aquel tratado fundacional de Roma, la tensión de la guerra ya no reside en Europa, las potencias ya son otras, los intereses y discursos se han modificado; al tiempo que Londres se envuelve en una celebración de nueva independencia, motivada por los ciudadanos que sienten que la integración y el “progreso” les han dado la espalda, que los han “dejado atrás”.

Al experimento integrador europeo se le ha sumado una nueva variable, más allá de asignarle un valor positivo o negativo, bien vale la pena recordar que los procesos y las estructuras sociales tienen un inicio y un final, como los imperios, las naciones y las personas. acudimos al encuentro con una nueva era de la modernidad líquida.

Somos animales simbólicos, la mayor parte de nuestro mundo es abstracto, basado en conceptos que cobran fuerza a través de la creencia colectiva de su existencia. Las asignaciones de valor que hacemos a través del lenguaje conceptual cambian, porque nosotros también lo hacemos como individuos y como sociedades.

Los procesos de cambio a veces son sutiles, casi imperceptibles, en contra posición algunos son estrepitosos y dramáticos en el ánimo popular con consecuencias inmediatas en la vida de las personas. Hace 29 años veíamos con incredulidad, si usted lo vivió, no me dejará mentir; la caída de un imperio prácticamente de la noche a la mañana, la Unión Soviética. La semana pasada el mundo observó a lo lejos un cambio cuyas consecuencias son aún desconocidas para el orden mundial que surgió del fin de la segunda guerra mundial: la separación del Reino Unido de la Unión Europea; cuyo impacto pondrá a prueba todo el entramado institucional de la posguerra.

La Unión Europea se constituyó a través de un proceso largo de poco menos de 40 años en el que las naciones europeas, particularmente las beligerantes durante las dos guerras mundiales (1914-1945) trataron de asegurar la paz y reconstrucción del continente. El contexto era simplemente catastrófico a un nivel nunca visto en la historia humana.

El nivel de devastación, tan solo en Europa del Este, más de 17,000 ciudades y 70,000 poblados fueron destruidos junto con el 60% de las instalaciones industriales; la hambruna recorría el continente desde Alemania hasta Inglaterra.

La calamidad no distinguió entre vencedores y vencidos. Los Estados Unidos de Europa, una idea, surgida en el siglo XIX, cobró fuerza después y solo después de las guerras mundiales; este término pronunciado por Winston Churchill en 1946 comenzó por detonar un proceso de integración cuya finalidad era precisamente evitar otra guerra ocasionada por los mismos europeos.

Las naciones pioneras que construyeron los cimientos de la Unión fueron Francia y Alemania (las beligerantes) a través de 3 pilares de la integración europea: la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, la Comunidad Europea de la Energía Atómica y la Comunidad Económica Europea, surgidas a partir del tratado fundacional de Roma en 1953, la primera norma suprema común para los Estados miembros.

Un segundo tratado fundacional el de Maastricht, en 1993, creó la Unión Económica que hoy conocemos: la Unión Europea, que abandonó el Reino Unido, desde el controvertido referéndum de 2016 que así lo ordenó, desatando la producción de una serie de resultados adversos para este esfuerzo europeo, el primer bloque en el mundo que llegó al nivel más alto de integración a partir de la libre circulación de personas, capitales, servicios y mercancías para promover la paz.

El mundo y sus sociedades han cambiado mucho desde aquel tratado fundacional de Roma, la tensión de la guerra ya no reside en Europa, las potencias ya son otras, los intereses y discursos se han modificado; al tiempo que Londres se envuelve en una celebración de nueva independencia, motivada por los ciudadanos que sienten que la integración y el “progreso” les han dado la espalda, que los han “dejado atrás”.

Al experimento integrador europeo se le ha sumado una nueva variable, más allá de asignarle un valor positivo o negativo, bien vale la pena recordar que los procesos y las estructuras sociales tienen un inicio y un final, como los imperios, las naciones y las personas. acudimos al encuentro con una nueva era de la modernidad líquida.