/ miércoles 2 de diciembre de 2020

Es responsabilidad social

Entramos ya a un mes que, en cuanto a enfermedades respiratorias representa un pico serio por las circunstancias climáticas. Hace unos meses que comenzó la pandemia las estimaciones más aventuradas por parte del Gobierno de la República apuntaban a un número máximo de 60 mil muertes ocasionadas por el COVID 19. Como si se tratara de una catástrofe absoluta el manejo de esta situación grave de salud, ese número tan conservador rebasó las 100 mil muertes poniendo a México entre los países con mayor número de fallecimientos relacionados con el coronavirus.

De forma local, tenemos una capital del país al borde del colapso con el miedo absoluto de volver a restringir la movilidad y, con ello darle la puntilla a la lastimada economía de miles de empresas.

Lo que en algunos países de Europa se trata de un rebrote del virus, en México es un repunte dado que nunca se ha vivido en nuestro territorio o un control absoluto de los contagios. El aplanamiento de la curva no duró más que unas cuantas semanas, situación que hoy tiene a mucho personal médico agotado y a un sistema de salud, de por sí abandonado, colapsado y sin entrar aún a la peor parte del repunte.

El tema de la vacuna, aunque mundialmente cercano, se aleja de las manos de nuestro país por la falta de infraestructura para el transporte de la misma y una omisión en el etiquetado del presupuesto para su adquisición suficiente para una población de más de 125 millones de habitantes que no soportan más ni aislamientos ni pérdidas de familiares y amigos en medio de una crisis económica como pocas veces se ha visto.

Por si fuera poco, la Organización Mundial de la Salud le pide al gobierno mexicano portarse con seriedad y dar mensajes asertivos que estén vinculados con un ejemplo en el cumplimiento de las recomendaciones generalizadas.

Así el panorama, nos enfrentamos a una época del año en que la propia dinámica social impide tomar medidas de distanciamiento y restricción de reuniones, por lo que el papel de quien dirige los esfuerzos en el control de la pandemia es fundamental, ya que un paso en falso puede orillar a una situación límite que evidencie la incapacidad del tratamiento de la situación y que, tristemente, llevará el número de fallecimiento a casi quinientas veces más de lo proyectado.

En ausencia de mandatos firmes y de responsabilidad en las instrucciones de las autoridades sanitarias, no queda más que recurrir a la sensatez y a la solidaridad de la ciudadanía. Así como hemos salido a ayudar a nuestros semejantes en tragedias por fenómenos naturales, hoy tenemos en nuestras manos el evitar consecuencias terribles.

Es un momento de unión y armonía por la fiestas decembrinas, pero debemos comprender que las decisiones que tomemos en lo individual en las próximas semanas cuando está muy cerca la distribución de las vacunas, será crucial en la organización social mexicana demostrando que la solidaridad social, la hermandad mexicana, es capaz de romper con cualquier escenario oscuro.

Entramos ya a un mes que, en cuanto a enfermedades respiratorias representa un pico serio por las circunstancias climáticas. Hace unos meses que comenzó la pandemia las estimaciones más aventuradas por parte del Gobierno de la República apuntaban a un número máximo de 60 mil muertes ocasionadas por el COVID 19. Como si se tratara de una catástrofe absoluta el manejo de esta situación grave de salud, ese número tan conservador rebasó las 100 mil muertes poniendo a México entre los países con mayor número de fallecimientos relacionados con el coronavirus.

De forma local, tenemos una capital del país al borde del colapso con el miedo absoluto de volver a restringir la movilidad y, con ello darle la puntilla a la lastimada economía de miles de empresas.

Lo que en algunos países de Europa se trata de un rebrote del virus, en México es un repunte dado que nunca se ha vivido en nuestro territorio o un control absoluto de los contagios. El aplanamiento de la curva no duró más que unas cuantas semanas, situación que hoy tiene a mucho personal médico agotado y a un sistema de salud, de por sí abandonado, colapsado y sin entrar aún a la peor parte del repunte.

El tema de la vacuna, aunque mundialmente cercano, se aleja de las manos de nuestro país por la falta de infraestructura para el transporte de la misma y una omisión en el etiquetado del presupuesto para su adquisición suficiente para una población de más de 125 millones de habitantes que no soportan más ni aislamientos ni pérdidas de familiares y amigos en medio de una crisis económica como pocas veces se ha visto.

Por si fuera poco, la Organización Mundial de la Salud le pide al gobierno mexicano portarse con seriedad y dar mensajes asertivos que estén vinculados con un ejemplo en el cumplimiento de las recomendaciones generalizadas.

Así el panorama, nos enfrentamos a una época del año en que la propia dinámica social impide tomar medidas de distanciamiento y restricción de reuniones, por lo que el papel de quien dirige los esfuerzos en el control de la pandemia es fundamental, ya que un paso en falso puede orillar a una situación límite que evidencie la incapacidad del tratamiento de la situación y que, tristemente, llevará el número de fallecimiento a casi quinientas veces más de lo proyectado.

En ausencia de mandatos firmes y de responsabilidad en las instrucciones de las autoridades sanitarias, no queda más que recurrir a la sensatez y a la solidaridad de la ciudadanía. Así como hemos salido a ayudar a nuestros semejantes en tragedias por fenómenos naturales, hoy tenemos en nuestras manos el evitar consecuencias terribles.

Es un momento de unión y armonía por la fiestas decembrinas, pero debemos comprender que las decisiones que tomemos en lo individual en las próximas semanas cuando está muy cerca la distribución de las vacunas, será crucial en la organización social mexicana demostrando que la solidaridad social, la hermandad mexicana, es capaz de romper con cualquier escenario oscuro.

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